Por Ivonne Fernández Villalobos

Ivonne Fernández Villalobos, le escribe a la reina de Salina Cruz, Oaxaca (1939); una mujer de la que aprendió mucho.

Rosa Esther Villalobos Bolán,

¡Presente!

Cuando escuchabas tu nombre dicho en tono imperioso, de forma inmediata erguías el pecho y con voz fuerte y segura, decías: ¡Presente! y sonreías mientras agregabas “como contestaba en la escuela cuando la maestra pasaba lista”.

Varias veces durante el día, me asomo a tu recamara vacía y con claridad te veo sentada en tu sillón frente a la televisión en donde te sintonizaba la música que te hacía feliz. Si era para recordar y vibrar con tus recuerdos, escuchabas a Agustín Lara, Toña “La Negra”, Marco Antonio Muñiz y Gonzalo Curiel; pero otros días me pedías música alegre, y entonces tu grupo favorito era La Sonora Santanera y ritmos que te hacían evocar la buena bailadora que fuiste y los bailes que organizabas en tu juventud.

“Cuando el puerto fue cerrado a la navegación y la gente estaba muy pobre, cada fin de semana los jóvenes nos reuníamos en el parque al llamado de los cuetes que anunciaban que habría baile y pasaríamos una tarde muy alegre, sin preocupaciones, bajo la vigilancia de nuestras madres que siempre nos acompañaban; Salina Cruz estaba muy pobre, pero ¡qué felices éramos!”, me contabas.

Rosa Esther Villalobos Bolán. ¡Presente!

Hace un año que trascendiste a otro plano y cada día crece más mi admiración por ti.

Reflexiono sobre tu infancia en el seno de una familia tradicionalmente istmeña. Eras una niña inquieta y traviesa que recibía con frecuencia los cuartazos y varazos con que mi abuela te corregía, y cuántas veces te hincaron por horas en el cuarto del santo, frente al gran altar lleno de imágenes como castigo a tus travesuras. Esa niña se convirtió en una jovencita guapa, carismática, sociable y alegre. Cantabas, tocabas el piano, bailabas y participabas en todos los festivales que se organizaban, ¡ah! y si algún personaje importante pisaba tierra salinacrucense, eras la encargada de decir las palabras de bienvenida.

Fuiste la joven más alegre y consentida de tu familia y de Salina Cruz; tu única misión era ser feliz y disfrutar de tu popularidad sin responsabilidades que te agobiaran.

En 1939, al abrirse nuevamente el puerto, la señorita Rosa Esther Villalobos Bolán “Rosita primera”, fue elegida reina de las fiestas del 12 de mayo, a través de votos que costaban un centavo y que se compraban a favor de alguna de las tres candidatas que habían sido escogidas de entre las familias más honorables de la sociedad. Tu triunfo fue recordado por largo tiempo, y muchas personas por años, al saludarte te decían “Mi reina”.

Rosa Esther Villalobos Bolán “Rosita primera”. Reina de Salina Cruz, Oaxaca.

Un día conociste al hombre que sería tu compañero por más de 60 años, y tras una difícil lucha por convencer a mi abuela para que aceptara tu boda con un “fuereño”, iniciaste tu vida matrimonial muy ilusionada. Cambiaste radicalmente, asumiste tus responsabilidades de esposa con una conciencia que sólo el amor puede generar. Se acabaron las fiestas porque tus deberes de ama de casa ya no te lo permitían, habías transitado a un estado de madurez social. Después del nacimiento de tu primera hija en Salina Cruz, te mudaste a San Andrés Tuxtla, Veracruz y luego regresaste a tu tierra donde me diste a luz a mí, tu segunda hija. El trabajo de tu esposo te obligó nuevamente a partir y te dirigiste a Chilpancingo Guerrero, en donde tu vida daría un giro para enfrentarte a tu gran misión.

Con apenas 8 años de casada, tuviste la dicha de dar a luz a tu primer hijo varón, pero al cabo de unos meses esa alegría se convirtió en un gran dolor al descubrir que el bebé sufría de una enfermedad que te llevó a peregrinar durante años en búsqueda de la ayuda médica que aliviara las crisis convulsivas y graves complicaciones que lo aquejaron durante toda su vida. Fueron más de 40 años que cuidaste de ese bebé y, durante ese tiempo, tú que habías vivido sin mayores preocupaciones, mimada por la vida, te convertiste en una madre que aprendió a cocinar, a coser, primero a mano y luego a máquina la ropa de tus hijas a quienes siempre traías impecables, a lavar todos los días y a planchar todas las noches, a hacer todo tú misma para ahorrar lo más posible y compensar de esta manera el dinero que se gastaba en médicos buscando el alivio de tu hijo. Pero tu espíritu indomable no se vencía y tu fortaleza y amor por la vida te ayudaron a sobreponerte a esa situación tan dolorosa. Con entusiasmo buscaste siempre momentos para organizar reuniones con tus amigos salinacrucenses que radicaban en la Ciudad de México, a donde la familia se había trasladado para que tus hijas recibieran una mejor educación y tu hijo, mejor atención médica.

El 12 de mayo, fecha en que se conmemora el descubrimiento de una Cruz en las playas de la pesquería de Tehuantepec, hecho que dio origen a tu querido puerto de Salina Cruz, animaste a un grupo de amigos y familiares a reunirse para celebrarlo. Esa reunión que inició de forma tan sencilla se convirtió en la gran Vela de salinacrucenses radicados en la Ciudad de México, que lleva más de 40 años realizándose. Así transcurrió tu vida lejos de tu tierra, siempre acompañada y apoyada por tu esposo, que entendió muy bien quién eras y por qué te amaba. Habiéndose casado ya tus hijas, junto con mi padre a tus 64 años y a los 75 de él, todavía con la gran responsabilidad de seguir cuidando de tu hijo enfermo, quien dependía de ustedes 100% por su discapacidad y como consecuencia del temblor de 1985, tomaste la gran decisión de regresar a Salina Cruz. Recuerdo las palabras que dijiste al entrar a tu casa aún sin muebles “sabía que estaba de paso en México”, habías esperado 30 años para regresar a tu tierra. Este cambio de vida no fue fácil, pero tu alegría y capacidad de resiliencia te sacaron nuevamente adelante, y sin dejar de atender con responsabilidad a tu hijo, organizaste alegres fiestas con amigos y amigas, siempre en compañía de mi padre, quien a sus más de 80 años todavía trabajaba para proveer a la familia.

Bodas de oro.

Al acercarse el 50 aniversario de tu boda, decidí celebrarles de una forma muy especial; así que con la ayuda de algunos familiares, me di a la tarea de buscar y convocar a las personas que fueron parte de su cortejo nupcial, padrinos y damas que los acompañaron en su boda 50 años atrás. Fue maravilloso saber que todos vivían y que aceptaban asistir a la fiesta portando vestidos con los colores que usaron originalmente. Recuerdo el gozo con que se reencontraron con ellos y su gran felicidad al verse acompañados de sus dos hijas y nietos. Pasar varios días junto a ustedes con motivo de esta fiesta, me permitió darme cuenta de la situación dramática que mi padre y tú vivían y que yo desconocía porque nunca te quejaste. Habías agotado tu capacidad de sufrimiento, y la edad te dificultaba la atención de mi hermano, esa personita que no sabía que había una vida, que nunca pidió nada, y que, a pesar de tus cuidados, su cuerpo sometido por tantos años al esfuerzo físico de su padecimiento se encontraba muy maltrecho y frágil. Ante la clara evidencia de que no podían continuar solos y sin ayuda, no lo pensé mucho, dejé a mi hija, mi trabajo, mi vida en la Ciudad de México y me mudé a Salina Cruz, para hacerme cargo de Javiercito, mi hermanito, nuestro niño.

En esos últimos años que vivimos juntas, más de los que viví contigo antes de casarme, pude conocerte, descubrirte y entenderte a la luz de la madurez que me dio mi vida de esposa y madre. Se fueron los juicios de adolescente, los reclamos, la tristeza de no sentirme comprendida y la rebeldía por la autoridad ejercida. Juntas concluimos la misión que por tantos años cargaste, y un día de julio a sus 45 años, tu querido hijo trascendió su plano físico cumpliendo su propia misión, haberme traído de vuelta al seno familiar para acompañarlos en su vejez.

60 años de matrimonio.

Nueve años más tarde, un 30 de abril día del niño, mi padre a los 95 años nos abandonó físicamente, pero su espíritu trascendió para proteger y cobijar a su Rosita, como siempre lo hizo en vida. Un espíritu limpio y muchas veces ingenuo no pudo haber elegido mejor día para despedirse discretamente. Con la partida de tu hijo y tu esposo, sentiste que tu misión había terminado, así me lo expresaste un día y no sé si fue coincidencia o decisión tuya, pero a los pocos años empezaste a tener pequeños olvidos que me preocuparon. Acudimos al doctor, quien dio un diagnóstico de alzheimer indeterminado, es decir, de origen desconocido, quizá sólo fueran los años, tenías 90. Empezaste un proceso de olvidos muy benévolo, hasta podría decir que selectivo, ya que olvidaste poco a poco las tristezas de tu vida. Un día descubrí que ya no recordabas a mi hermano, y al mostrarte una foto de él, me dijiste “No, hija, ese recuerdo me duele”, nunca más te lo volví a recordar. Tus confusiones se hicieron más frecuentes y había que recordarte todos los días quién era yo, y lo recordabas por todo ese día, pero al día siguiente lo habías olvidado. Nunca te diste por vencida, tú siempre ganabas, y si ya no reconocías a la anciana que mirabas en el espejo y me decías con sorpresa “¿Soy yo?, mira, nada más, qué grande estoy”, nunca usabas la palabra viejita (jajaja), no te gustaba, hacías una pausa y continuabas “Ah, pero mi corazón está joven”, lo dicho, tú siempre ganabas.

El destino y el Dios misericordioso en quien siempre pusiste tu fe, te regalaron una vejez tranquila y sin preocupaciones, con la única encomienda de ser feliz, amando la música y la vida. También él fue generoso conmigo, porque con tus ocurrencias y frases desparpajadas pasamos días muy divertidos. ¿Hubieron momentos difíciles y tristes?, sí muchos, pero los he dejado en el camino para no cargar con esa pesada maleta. El final de tu vida nos reconcilió, tú ya no estabas consciente para protegerte y bajaste la guardia, te convertiste en una madre cariñosa y agradecida. Como tu hija me sentía orgullosa de que no había persona que hablara contigo a quien no encantaras con tu educación, tu carisma y tu alegría por vivir.

Madre, inmersa en la responsabilidad de cuidarte y mantener tu bienestar, ya no pude decirte en vida cuánta admiración me despiertas. Por fin pude comprender a quien trabajó arduamente y sin descanso para cuidar de su hijo enfermo, tener la comida hecha, la ropa limpia, la casa en orden, y que, por estar tan atareada, no tuvo tiempo para ser más cariñosa; pero su amor nos lo demostró cumpliendo con creces sus responsabilidades de madre y esposa. A los 97 años, premiaste la paciencia de mi padre y por fin te reuniste con él. Mamá, tu ejemplo de amor a la vida, tu alegría y resiliencia, me sostendrán en los años que me queden por vivir.

Rosa Esther Villalobos Bolán,

¡Presente!

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