Por Carlos Pérez

En el corazón del Centro Histórico, donde el eco de las luchas sociales suele rebotar entre las paredes de cantera, el Museo del Estanquillo-Colecciones Carlos Monsiváis ha erigido un santuario a la memoria gráfica de México. Bajo el título Adolfo Mexiac y su tiempo, la muestra no es solo una exhibición antológica; es un recordatorio de que el arte, cuando se ejerce con la profundidad del ácido sobre el metal, tiene el poder de rasgar el silencio de los oprimidos.

A partir de este 17 de enero y hasta el último suspiro de abril, los visitantes podrán atestiguar la magnitud de un artista que, en palabras de Alejandro Brito, director del recinto, “desentrañó el ritual sagrado del grabado”. Se trata de una curaduría exhaustiva compuesta por 348 piezas que transitan entre el grabado punzante, la pintura vibrante y una faceta fotográfica casi inédita que revela la mirada etnográfica y compasiva de Mexiac.

Adolfo Mexiac, uno de los grabadores más importantes de México.

La génesis de una donación histórica

El núcleo que da vida a esta exposición late gracias a la generosidad de la artista Patricia Salas, viuda del maestro, quien entregó al museo un acervo de 545 grabados realizados por Mexiac entre las décadas de los 50 y 60.

Estas piezas, originalmente concebidas para los órganos de difusión de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), trascienden su función informativa para convertirse en documentos estéticos de una vigencia escalofriante.

La exposición es, en esencia, un diálogo entre dos mentes que entendieron a México desde su cultura popular: Carlos Monsiváis, el coleccionista eterno y admirador del Taller de la Gráfica Popular, y Adolfo Mexiac, el pilar michoacano que nunca permitió que la fama borrara su origen campesino.

Libertad de expresión, 1954 (linografía).

Un recorrido por la rabia y la esperanza

Caminar por las salas del Estanquillo es enfrentarse a un cronista visual. El recorrido, estructurado de forma cronológica y temática, permite observar la evolución de un creador que no se limitó al blanco y negro del linóleo.

La muestra sorprende con óleos apasionados, acuarelas que parecen flotar en el tiempo, tapices tejidos con la paciencia de la memoria y cerámicas que huelen a tierra húmeda.

Sin embargo, es en la sección dedicada al movimiento estudiantil de 1968 donde la exposición alcanza su clímax emotivo. Ahí reside, imponente, el grabado Libertad de expresión.

Aunque la imagen de aquel indígena amordazado por cadenas fue creada años antes como una denuncia contra el imperialismo, los estudiantes de Tlatelolco la adoptaron como un símbolo universal. Mexiac no fue un espectador de la historia; fue un forjador de rebeliones que puso su taller al servicio de la propaganda libertaria, imprimiendo volantes que hoy son reliquias de nuestra democracia.

El artista total: del campo a San Lázaro

La exhibición también rescata la labor de Mexiac como ilustrador para el Instituto Nacional Indigenista. Sus fotografías, utilizadas inicialmente como bocetos para sus grabados, se sostienen hoy por sí mismas como obras de una dignidad apabullante. Capturó rostros curtidos y manos que conocen el secreto de la siembra, otorgando una voz visual a quienes el sistema intentó desdibujar.

Incluso su faceta muralista se hace presente mediante bocetos de su obra en el Palacio Legislativo de San Lázaro, demostrando que Mexiac entendía el arte como un bien público, monumental y necesario.

La vigencia de un grito

En un presente donde las discusiones sobre la soberanía energética, los derechos laborales y las tensiones geopolíticas siguen ocupando la primera plana, la obra de Adolfo Mexiac se siente asombrosamente actual. Sus grabados contra la explotación y el hambre no son piezas de museo congeladas en el tiempo; son espejos que nos interpelan sobre las deudas sociales que aún no hemos saldado.

La entrada al Museo del Estanquillo (Isabel La Católica 25, esquina con Madero) es gratuita. Más que una invitación al ocio cultural, asistir a esta exposición es una cita con la conciencia histórica de un México que sigue clamando, a través del buril de Mexiac, por su soberanía y su justicia.

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