Por Carlos Pérez

En el tablero internacional de este siglo, las victorias ya no se anuncian exclusivamente con el estruendo de los cañones ni se miden por el tonelaje de los arsenales. Existe una fuerza silenciosa, una especie de magnetismo invisible que ha comenzado a dictar el destino de las naciones sin necesidad de disparar una sola bala. Se trata del poder blando (soft power), un concepto que, aunque acuñado en la década de los noventa por el politólogo Joseph Nye, atraviesa hoy un renacimiento crítico en un mundo saturado de información y huérfano de referentes de confianza.

Corea del Sur renovó su imagen global con el K-pop, los dramas y el cine.
De izquierda a derecha: Audrey Nuna, Rei Ami y EJAE.

A diferencia del poder duro—esa capacidad coercitiva basada en la fuerza militar o las sanciones económicas—, el poder blando opera desde la sutileza. Es la habilidad de un Estado para obtener lo que desea a través de la atracción y la persuasión, convirtiendo su cultura, sus valores políticos y su calidad educativa en su mejor carta de presentación. En esencia, no se trata de obligar al otro a seguir un camino, sino de lograr que quiera seguirlo.

El prestigio como divisa

La nota actual de la diplomacia global sugiere que la credibilidad es el recurso más escaso y, por ende, el más valioso. Como bien señala Nye, la mejor propaganda no es la propaganda. En una era donde las audiencias globales han desarrollado un escepticismo crónico hacia los discursos oficiales, la influencia real emana de fuentes orgánicas: una película que triunfa en un festival internacional, una universidad que atrae a las mentes más brillantes del mundo o una gastronomía que se vuelve patrimonio cotidiano en ciudades remotas.

Es aquí donde la cultura deja de ser un adorno presupuestario para convertirse en un activo estratégico. Los países que logran proyectar una imagen de apertura, innovación y respeto a los derechos humanos generan un capital de simpatía que facilita acuerdos comerciales y alianzas geopolíticas. No es coincidencia que las potencias emergentes estén invirtiendo miles de millones de dólares en institutos culturales y medios de comunicación internacionales; han comprendido que, en la lucha por la hegemonía, la narrativa es tan crucial como la moneda.

El reto de la autenticidad

Sin embargo, el ejercicio del poder blando no está exento de riesgos. El mayor de ellos es la percepción de manipulación. Cuando un Estado intenta fabricar prestigio de manera artificial, el resultado suele ser el rechazo. La verdadera influencia blanda nace de la sociedad civil, del arte genuino y de la coherencia interna de una nación. Un país que predica democracia, pero sufre de erosión institucional interna pierde, automáticamente, su capacidad de atraer.

En el caso de México, el potencial es vasto pero subutilizado. Si bien el patrimonio histórico y la creatividad contemporánea son pilares sólidos, el país enfrenta el desafío de desvincular su imagen exterior de los estereotipos folclóricos o de las narrativas de violencia. La cultura mexicana tiene la capacidad de ser una potencia de seducción, pero requiere de una estrategia de Estado que entienda que la diplomacia cultural no es organizar eventos aislados, sino construir una reputación de confiabilidad y vanguardia.

Hacia un nuevo orden simbólico

Hoy, las trincheras se han mudado a las plataformas digitales y a las industrias creativas. La batalla por la atención del mundo se libra en cada píxel y en cada historia contada. El poder blando es, en última instancia, una invitación al diálogo en un lenguaje que todos entienden: el de la admiración mutua.

Mientras el poder duro construye muros y fronteras, el poder blando tiende puentes invisibles. En un panorama internacional cada vez más fragmentado, aquellas naciones que entiendan que el prestigio no se impone, sino que se cultiva, serán las que definan el rumbo de la próxima década. Al final del día, la verdadera fuerza no reside en quién tiene el brazo más fuerte, sino en quién posee la historia más inspiradora que contar.

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