Una entrevista con Abraham Miguel Domínguez.

Por Sebastián Jiménez Galindo

Para describir el proceso enigmático, en gran medida escatológico y a la vez, “divertidísimo” de escribir ficción, Don DeLillo y David Foster Wallace comparten una analogía espantosa. La escritura es un hijo deforme, que se gesta como un extraño zigoto producto de la obsesión y el patetismo. Naturalmente, algo sale mal en el proceso. Tras un periodo de embarazo irregular, vemos nacer a un hijo deforme, incapaz de valerse por sí mismo. Nuestros ojos se llenan de morbo, orgullo y horror. Es confuso. Pero hacia el final de esta angustiante escena, nos dicen los novelistas, el amor (más en concreto, el amor definible sólo como una entrega absoluta) triunfa. Escribir nos concede la oportunidad de señalar una verdad, tan sólo una posible entre otras mil lejanas e ilegibles. La realidad no es divertida, en muchos casos ni siquiera resulta rentable. De ahí que lo “divertidísimo” de la literatura parece impracticable de cara a la tragedia continua del mundo.  

Hace poco, Abraham participó en el dictamen final de un concurso de escritura creativa, en el que todo transcurrió a través de instrucciones en video e intercambios por correo electrónico. Así pues, hablamos sobre esto por Zoom. El reto para los participantes no parecía ya únicamente cumplir con las reglas del jurado (escribir desde el punto de vista de otro personaje, escribir sobre una obra pictórica…), sino escribir, sin más. El primer criterio, a manos de Abraham, reveló una realidad incómoda sobre uno de los rasgos más incómodos de la literatura: el final de un texto. Dicho de otra manera, ¿Sería factible escribir, contra todo pronóstico, un final feliz? ¿Hoy, entre todas las edades de la Historia, y en este, de todos los mundos posibles? Quizás, pero la clave se encuentra en no perder el deseo de divertirse, incluso mientras todo sale mal. Cuando nuestro niño deforme nos golpea el hombro con un dedito débil y señala aquel mundo espantoso, que al igual que él, sólo busca cariño y comprensión, la atrocidad se convierte en un llamado a escribir.

Abraham Miguel Domínguez es narrador, ensayista, editor e investigador. Trabaja la obra de autores como Jane Austen, las hermanas Brontë, Charles Dickens, Oscar Wilde y Virginia Woolf. También es un lector implacable de filosofía, mitología y multiversos del cómic.

-Como bien dijiste, escribir un final feliz es bastante más complicado de lo que pensamos. ¿Será que, tanto a escritores como lectores, no nos interesa en realidad llegar a algo así?

-Este es un tema que me interesa mucho: que las historias puedan tener un final donde la gente se reúna, de alguna forma obtenga lo que quiere, y que no todos los personajes terminen muertos. Es cierto que la mayor parte de la literatura suele ser así, y hay un motivo para ello. Tiene que ver con eso, con la fugacidad. La vida acaba, como diría Neruda, en tono menor. Todo es un ciclo. Así que la propia narrativa responde a esto. Nos cuesta apostar por los finales de reconciliación, encuentros, bodas, etcétera. ¿Qué tanto puede durar algo así? Lo constante es la partida, la pérdida, lo “otro”. Es complicado que la literatura articule lo contrario, más ahora. Yo creo que se puede, pero requiere habilidad para que no parezca falso. Con todo lo sucedido en estos momentos tan terribles, he visto que escritores importantes han logrado escribir sobre la pandemia. Pero esto parte de un lugar en el que se busca expresar lo que la gente siente. Y es una reflexión sobre la condición de la literatura. La gente necesita historias para vivir. ¿Y cómo van a ser esas historias? ¿Existe la esperanza, o lo que permanece siempre es lo “otro”?

-Desde el punto de vista estructural, un final “feliz” puede ser uno en el que se resuelva de manera efectiva un conflicto, sin por ello ser feliz. Esto es, si nos ponemos demasiado teóricos. Para ti, ¿Qué es un final feliz en la literatura?

-Como bien dices, no existe un sólo tipo. Quizás la primera impresión es que el personaje consigue lo que desea. Pero hay veces en que la historia pesa más que el personaje. Entonces el final feliz no va a resolver lo que buscas, sino lo que es justo. Así disminuye la intensidad de un “final feliz”. Las cosas se resuelven de una forma razonable, pero siempre se pierde algo. Por eso pienso que los mejores finales felices siempre tienen un peso de melancolía. Como en Grandes Esperanzas, de Dickens. Se infiere que estos dos personajes, Pip y Stella, se perdonan lo hecho y permanecen juntos. Pero no es un final de boda y campanas. Algo se pierde. Lo mismo en Jane Eyre. La balanza entre ganar y perder ofrece un final más real. Yo le llamaría un final más positivo, verdadero, que aquellos en los que se logra todo.

-Parece que estamos atravesando una etapa en la que resulta verdaderamente difícil conceptualizar lo que sucede en el mundo, a pesar de que está ahí, afuera, sucediendo todo el tiempo. Pero a la vez, y por las mismas razones, surge entre nosotros una inmensa cantidad de angustias y temas que necesitan hablarse. ¿Piensas que hoy permanece vigente aquella predicción común sobre cómo los periodos de crisis provocan un mayor interés en los finales felices?

-Hay una crisis de pesimismo, es verdad. Hay demasiada realidad. Pero a la vez la gente no busca tanto la evasión. Por ejemplo, me llamó mucho la atención esto: el año pasado salieron dos películas de superhéroes. La primera fue Wonder Woman 1984. Es una película con una estética ochentera y un mensaje de unión, humanidad, positividad, etcétera. La gente la odió. ¿Cuál unión? ¿Cuál esperanza? En cambio, hace unos años Zack Snyder dirigió varias películas, también basadas en cómics. Eran oscuras, violentas, pesimistas, trágicas… Lanzó la versión extendida de La Liga de la Justicia, de cuatro horas. Todos la amaron. Para mí esto es un síntoma de cómo los conceptos de amor, esperanza, unión, están en crisis. Al principio de la pandemia no se pensaba así. Todo resultaba tan caótico que se necesitaba una narrativa, un cuento chino, para articularlo: el misticismo, el idealismo, el salto cuántico… Van pasando los meses y la carga de optimismo que tienes se agota. Este periodo tan terrible ha hecho que la literatura, el cine, las historias, se vuelvan cada vez más oscuras. Todas las narrativas surgen de la necesidad de articular el mundo. Hoy lo que más se leen son biografías: violencia intrafamiliar, ausencias, abusos… A principio de año abrías Netflix y en los lugares más altos de popularidad encontrabas todas las películas de virus, apocalipsis, catástrofes, etcétera. Yo pensaba que era un asunto un poco mórbido. Pero la gente tiene necesidad de sentir. Es el viaje del héroe. Todos entramos en el vientre de una ballena, un mundo extraordinario. Así le llama Joseph Campbell. Esto quiere decir, según el esquema del mito universal, que después vendría una transformación. O así se esperaría. Y esto no significa que todos regresaremos iluminados, ni nada parecido. Tal vez en el camino notarás cosas que no te sirven, que hay que dejar atrás. Habrás conquistado algo, y habrás soltado también. Pero el viaje del héroe se malinterpreta mucho. Por ejemplo, también podrás volver peor de lo que estabas. A los seres humanos nos encanta la evasión. No nos gustan los puntos medios, todo tiende al extremo. Y también hay un asunto a la mitad, sobre buscar la indefinición. Es una época muy extraña.

-A veces parece que vivimos un regreso al conservadurismo.

-A mí ya me está costando un poco de trabajo ese tema. Los valores cambiaron. Hay un regreso al conservadurismo, pero la parte liberal, al ser tan radical, se ha vuelto conservadora. Y vienen los nuevos años sesenta. Más allá de la responsabilidad, los seres humanos tenemos instintos. Lidiar con ellos no es sencillo. Entonces tienes toda una multitud escapando de la realidad. La visión pesimista de escritores como el Marqués de Sade, Émile Zola, los realistas en general… Somos más animales que otra cosa. O Bataille. Estoy en el mundo ordinario, pero necesito descomponerme un poco… Esta pulsión es inevitable Y en tiempos así, te arroja una imagen bastante triste de la humanidad.

-¿Dónde quedamos nosotros (o la literatura y las ideas, los conceptos abstractos), en contraste con el mundo real, que está allá afuera?

-Creo que para las personas que de alguna manera tenemos las herramientas de la escritura, la lectura, las artes… Esto nos ayuda a lidiar. Si puedes dedicar el tiempo a cultivar la lectura de ciertos autores ahora mismo, esto se convierte en una especie de protección mental para todo lo que está afuera. Llega un momento en el que dices: “Frente a esto, ¿Qué puede hacer la literatura?”. Muy poco, la verdad. Pero más bien se trata de preguntar: “¿Qué puede hacer la literatura para mí, ahorita?”. Puedo apostarte que la mayor parte de quienes estamos en esto lo hemos soportado de forma más o menos favorable gracias a los libros.

-¿La fe es un final feliz?

-Pensar que las cosas pueden ser mejores puede ser una conquista. Quizá conquistar la fe en uno mismo es el verdadero triunfo. En muchos sentidos así suele ser el final de la novela de formación, por ejemplo: casi siempre comienza con un personaje en un territorio extraño, confuso. Hacia el final debe haber una visión más clara, una conquista. Lo que tú, en tu propia realidad, eres capaz de transformar. Sería un final feliz muy chafa decir que el personaje tiene fe en algo exterior a él.

Esquema del “viaje del héroe”, o la estructura narrativa común a los relatos míticos de múltiples culturas y religiones del mundo. Descrito en El héroe de las mil caras (1949), de Joseph Campbell.

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