Por Sveiry Alatorre

Tras una cuarentena de más de seis meses, Bellas Artes trajo pintores del siglo XX a sus salas de exposiciones, para mostrarnos la vida parisina y su influencia por el mundo.

En octubre, el mes de las flores de cempasúchil, fui a la exposición El París de Modigliani en El Museo del Palacio de Bellas Artes (MPBA).

Desde que inició el 2020 esperé con ansias la exposición de este célebre pintor, conté los meses; primero enero, luego febrero y al sentir marzo creí que la espera había terminado. Sin embargo, una enfermedad desconocida aterrizó antes que Niña de azul de Modigliani, y la exposición se pospuso para septiembre. La ciudad de México entró en semáforo rojo y, por motivos desconocidos, pasamos a semáforo naranja, así que las pinturas pronto se instalaron ese majestuoso recinto.

Niña de azul, de Amadeo Modigliani.

No recuerdo el día preciso de mi visita pero sí tengo presente la sensación de mirar, de nuevo, al Palacio de Bellas Artes; de sentir cómo el sol se asoma sobre la cúpula y le da vida a las musas; de apreciar al Art Nouveau ignorando la contingencia, pero el sosiego duró un minuto, a lo mucho, ya que al entrar le hice frente a “la nueva normalidad”. Ahora el acceso está en total control: primero te toman la temperatura y, sin duda, ven tus grados centígrados; después, te dan gel antibacterial y, para sorpresa de uno, éste no está chicloso y concluyen con un aerosol desinfectante sobre tu ropa y cabello. Realmente esto no me incomodó, al contrario, estaba sorprendida de llegar a un sitio donde realmente te tomen la temperatura. Y lejos de todas las medidas sanitarias, el no sentir a la gente cerca fue lo que hizo de mi visita algo épico y memorable.

Desde antes de entrar a la sala de exposición, ya las personas están en sana distancia. Ahora las personas del equipo de seguridad gastan energía en recordarle al público que no debemos tocarnos; el “no toquen o se acerquen a las obras” pasó a segundo plano. 

Entré a la primera sala de la exposición y en ella encontré un video que muestra el París de los años veinte; las ropas, los autos y calles de una Europa antaña. También vi pinturas de Suzzane Valadon, Paul Cézzane y de Diego Rivera. Ahí descubrí que Diego sí sabía pintar, que no sólo creó murales agringados, ¡pues vaya que tenía toda una escuela parisina en sus pinceles! En estos cuadros exhibidos resalta la vanguardia cubista de Picasso.

Lo más sorprendente fue conocer al querido Maurice Utrillo, mirar de frente sus puntos de fuga y sus árboles impresionistas me sedujo por completo. Duré, tal vez, diez minutos en cada uno de sus retratos; admirando la luz, la combinación de colores. Sus obras resaltan la belleza de los pueblos Europeos, de esas calles con personalidad; con una elegancia nata y grácil. Maurice Utrillo me hizo olvidar, por un momento, a Modigliani e incluso a Jeanne Hébuterne.

Sin embargo, llegué al apartado de desnudos y ahí recuperó mi atención Amedeo Modigliani y no sólo él, los demás artistas se hicieron presentes. Poco a poco seguí las flechas que el piso indicaba, me tomaba mi tiempo sin preocuparme porque alguien ajeno me empujara. Disfruté de cada obra a mi ritmo, sonriendo porque el contacto físico, por primera vez en una exposición, era nulo. Recordé cuando el MPBA trajo el arte de Kandinsky y cómo las personas se amontonaban frente a las pinturas; cómo en cada pasillo había aglomeraciones y tuve que mirar de lejos a Nublado y Óvalo blanco. En cambio, en El París de Modigliani vi de frente y sin prisa a Desnudo acostado.  

Desnudo acostado, de Amadeo Modigliani.

Gracias a la pandemia aprecié esta exhibición en su totalidad. Si no fuese por el cubrebocas, sería mi visita más exquisita en el MPBA.

Sin duda, el contexto histórico que rodea a la exposición resaltará pero, más memorable será haber disfrutado de un Paris vanguardista sin un avispero como público.

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